Por: Abel Hibert
Es evidente que el entorno externo que influye en las empresas en México y en el mundo ha cambiado por completo en el último año.
Para México y para el mundo, desde el punto de vista político, uno de estos cambios ha sido la imposición de una sola visión económica, política, social. No hay cabida para la inclusión de otras visiones en la solución de los problemas nacionales y globales, y la democracia comienza a perder sus sistemas de autocorrección y se quiere justificar únicamente en el voto electoral, pero sin contrapesos de tribunales, medios de comunicación independientes, agencias económicas independientes y el juicio razonado de expertos.
En términos económicos, se ha dado marcha atrás a la globalización y vemos cómo la mayor economía del planeta comienza a cerrarse y a adoptar la autarquía como motor de crecimiento.
En términos geopolíticos, se quiere imponer como normalidad que una potencia invada a otros países para asegurar un espacio que consideran “vital” o, descaradamente, para la extracción de recursos naturales. Se busca debilitar el andamiaje construido a finales de la Segunda Guerra Mundial, lo que puede llevarnos a las causas que la provocaron. Se terminó lo “políticamente correcto” y se añoran épocas gloriosas y épicas que solo existen en la imaginación de algunos gobernantes.
En nuestro país ha habido un cambio estructural en el sistema institucional. Hemos sido testigos de un huracán poderoso de reformas constitucionales, una tras otra, que ha sido difícil de darles seguimiento a los interesados en procesos legislativos y a los ciudadanos en general. No quiero ni imaginar que han sido aprobadas por los miembros del partido oficial en el Congreso sin ni siquiera leerlas y, menos aún, entenderlas.
Y han sido reformas constitucionales muy profundas y con impacto severo en el andamiaje institucional del país, enumerando, entre otras, la Reforma al Poder Judicial; la Reforma a la Ley de Amparo; la eliminación de los organismos autónomos; la prevalencia que se la da a los monopolios estatales en energía. Y ahora van por una reforma electoral
que apunta a hacer más inequitativa la competencia electoral y la pluralidad en la discusión legislativa.
En México, estas reformas ya se aprobaron o están por aprobarse en los términos que proponga el Ejecutivo (como se espera en la Reforma Electoral). Y a esto hay que agregarle la segunda administración de Trump, que pone en riesgo la continuidad de uno de los principales motores de crecimiento económico que han dado certidumbre a la
inversión en nuestro país en las últimas tres décadas: el TLCAN y el T-MEC. Nadie sabe cuál será su futuro.
Esto cambia completamente el panorama de convivencia social y política en el país, y por supuesto afectará el funcionamiento de las empresas en el futuro.
Para no naufragar en estas aguas turbulentas, hay que diseñar un nuevo mapa para navegar por el país y el mundo. El que teníamos hace un año ya quedó obsoleto.
Lo anterior obliga a las empresas a diseñar nuevos mapas que les permitan adaptarse al cambio institucional del país y al nuevo paradigma en la relación con nuestro principal socio comercial.
Hoy más que nunca, es muy relevante que los órganos de decisión de las empresas, como los consejos de administración, se nutran de una visión fresca que interprete correctamente los cambios del entorno y les permita redefinir o consolidar su propósito.
Esta crisis institucional va a permitir a las empresas crear un futuro, que actualmente se hace más difuso por un entorno institucional cambiante, pero que se suma a otros problemas que ya existían y se pueden hacer más complicados, como es el tema del cambio climático; el envejecimiento de la población en muchos países y los problemas
fiscales y financieros que implican; las pocas expectativas de futuro que tienen las nuevas generaciones que se van a agregar al mercado laboral y a los mercados de consumo; el papel que ya está jugando la Inteligencia Artificial en la forma de hacer negocios.
Si las empresas logran entender el cambio institucional y tecnológico, se adaptan y reescriben un futuro más positivo con innovación, bienes y servicios que resuelvan estas necesidades y compartan estos beneficios con la sociedad y sus trabajadores, este futuro podría ser más promisorio.
Por eso, la importancia de que, en los consejos de administración, los consejeros sean ese vehículo de cambio y adaptación al nuevo marco institucional, que permita conectar diferentes mundos y campos del conocimiento.
Hoy más que nunca, hay que destacar la consolidación y creación de consejos de administración con consejeros independientes que aporten esa visión para una mayor comprensión del nuevo entorno.

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